El niño del júbilo

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A propósito de la sumisión

¿Cómo abordar la cuestión de la sumisión desde la especificidad del psicoanálisis? Entre las opiniones comunes y los escritos de los grandes pensadores, el margen es estrecho. Se trate de sumisión, de libertad, o de cualquier otra manifestación de servidumbre humana, el psicoanálisis estará condenado por siempre a ser un pariente pobre de la filosofía, si olvida su morada de origen: la clínica y la infancia. La mayor parte del tiempo, en la clínica, tratamos los avatares de la dependencia. Dependencia del niño pequeño con relación a los adultos de su entorno, pero también esa otra dependencia, inducida por la transferencia que en principio, mal o bien, se supone resuelta en el transcurso del análisis. Además habría que distinguir la dependencia pasajera del analizante para con el analista, de la dependencia del análisis mismo como verdadera adicción que llega a convertirse en el único modo de pensamiento. Entonces, ante la amplitud de la tarea que se me presentaba y la humildad requerida por el simple buen sentido, me vinieron ganas de presentar mis excusas y hacer mutis por el foro. Luego vino el sobresalto: ¿usted ha dicho presentar excusas? ¡Eso parece una asociación libre! No, no tendré vergüenza de mi disciplina. Las palabras me llevan por la fuerza, las palabras están sobrecargadas de sentido. Y he aquí que desde ya mis propias palabras me condenan. Así anda el psicoanálisis. Qué hacer sino rodar por esta pendiente e intentar por lo menos conservar la razón. Tomar un atajo y ya nunca más honrar…

¿Será necesario honrar siempre las citas? ¿Rendirse ante las razones del otro? ¿Puede uno hacer uso del derecho a “excusarse”, a liberarse en nombre de algún discurso preformado? No acudir más a las citas de compromiso: familiar, filial, conyugal, amistoso, profesional, patriótico, incluso hasta el de los placeres catalogados.

Es raro que se dude en honrar una cita de amor. Entonces qué decir de nuestra sorpresa cuando hasta ese placer muta en deber y se manifiesta ese empuje extraño, la fuerza de la libertad.

Otro placer, otro deseo. Ein Drang.

En El malestar en la cultura, Freud menciona el empuje de libertadFreiheitsdrang. No se extiende mucho pero constata, sin embargo, su existencia y su persistencia.

“Cuando en una comunidad humana se agita el ímpetu libertario puede tratarse de una rebelión contra alguna injusticia establecida, favoreciendo así un nuevo progreso de la cultura y no dejando, por tanto, de ser compatible con ésta; pero también puede surgir del resto de la personalidad primitiva que aún no ha sido dominado por la cultura, constituyendo entonces el fundamento de una hostilidad contra la misma. Por consiguiente, el anhelo de libertad se dirige contra determinadas formas y exigencias de la cultura, o bien contra ésta en general”.

Mientras que Freud religa sistemáticamente la sexualidad del adulto a los avatares de la sexualidad infantil, el empuje de libertad parece tener que remontarse a un primitivo individualismo indómito. Sin cesar somos reconducidos a la encrucijada entre lo colectivo y lo individual, al enfrentamiento de los acontecimientos propios de la historia de un sujeto particular contra los acontecimientos de la Historia y los códigos impresos por la evolución de las mentalidades. Es necesario que historicemos la sexualidad –algo que ya se ha intentado, principalmente por Michel Foucault– y que construyamos un relato del individuo en pugna con el empuje de libertad. Referirnos únicamente a esos restos de un individualismo “primitivo”, tal y como lo ha hecho Freud, es insuficiente.

Por lo tanto, voy a esbozar aquí una ficción, pequeño relato parcial de este empuje para seguir siendo fieles a nuestra morada de origen y para poder contar un devenir.

En la vida, hay momentos de gracia. Momentos en que uno se siente libre. No voy a hablar de la libertad en general, por las razones que acabo de evocar, sino de ese sentimiento de libertad que procura una alegría verdadera y propulsa la actividad humana hacia nuevos posibles. ¿Cuánto valen todos los argumentos que dicen que la libertad es un señuelo, cuánto valen todas las amenazas, todas las intimidaciones, comparadas con ese júbilo único de sentirse libre, aunque más no sea por algunos instantes y que con frecuencia se pagan caros? Si el sentimiento de libertad no fuera un bien tan preciado por el hombre, no entenderíamos en absoluto las revueltas más arriesgadas, los compromisos más locos, las artimañas de los agitadores de todo tipo. Es peligrosamente reductor invocar a este respecto la simple liberación de una agresividad reprimida. Hay en el hombre un deseo de liberación que puede ir mucho más allá de una compensación bien templada de sus pulsiones, o aun de sus intereses egoístas.

El goce de la libertad es una exigencia de pleno derecho. Los discursos decorosos de la democracia, incluso si son el mal menor, no agotan ni pueden satisfacer este empuje de libertad, empuje singular y salvaje, tanto más salvaje ya que la “cultura” exige el sacrificio de las pulsiones y, con el pretexto de respetar algunos espacios propios, reglamenta el tiempo de cada uno de manera invisible, pero feroz…

Se finge que el mundo marcha gracias a los hombres del deber, pretendidos representantes de una responsabilidad colectiva. ¿Será por eso que el mundo anda tan mal? ¿Les debemos la “cultura” a los hombres del deber?

Son los otros, creadores impenitentes, inventores de alto riesgo o saltimbanquis vagabundos quienes siembran las riquezas del mundo. Los hombres del deber, la cara gris, completamente trajeados, hacen funcionar la máquina. La gran máquina trituradora de nuestro tiempo que regula lo cotidiano de la vida y las disciplinas colectivas. Ahora bien, también la creación exige disciplina, pero no la misma. Muchas veces entre ambas hay conflicto.

El poeta se excusa por no hacer un uso convencional de la lengua. La maltrata y reinventa una lengua en la lengua. Toda vida para estar viva se debe a esos momentos en que uno presenta sus excusas e impulsa otra vida en la vida. Nos preguntamos por qué la depresión es el síntoma dominante de nuestra época en Occidente: ¿será porque las opresiones se han vuelto invisibles y evacuan la puesta en juego de los cuerpos singulares? Opresiones cada vez más desencarnadas. Aunque no vivamos bajo el yugo de tiranos feroces que detenten un poder efectivo sobre los cuerpos, vivimos una era de sumisión a los discursos omnipresentes que, en sus efectos profundos, valen por una tiranía y esto de manera tanto más solapada ya que no se legitiman en ninguna trascendencia. Ahora bien, que sean laicos no quiere decir que no desciendan de las alturas.

La serie de las frustraciones

Muy temprano en la vida se nos inculca la sumisión.

Se la aprende, puesto que el niño, antes que ninguna otra cosa, aprende a obedecer porque la obediencia para él está ligada a su desarrollo mismo. Todo esto es inevitable, por cierto, dado que se trata de “enderezarlo” a fin de que respete las reglas necesarias para su devenir adulto. Es necesario, sí, ¿pero hasta dónde? ¿Y cuál es el costo?

“El mal originalmente es ese porqué uno está amenazado de verse privado de amor”, decía Freud, poniendo así en relación la sumisión y el amor.

Los psicoanalistas hablan hoy de muy buena gana en términos de leyes. Ahora bien, ¡la ley no es solamente esa gran y bella cosa que impide el incesto y el asesinato, ni siquiera el conjunto de prescripciones de una tradición! Con frecuencia, se toma por ley al conjunto de prohibiciones que transmite el derecho actual que ejerce también una violencia inaudita. El derecho combate la violencia por el ejercicio de otra violencia.

Según Freud, habría dos salidas para las pulsiones destructivas del hombre: la represión y la sublimación. Para esta última, se espera que la cultura ofrezca modalidades satisfactorias. El derecho reprime y no siempre ofrece modalidades de sublimación a muchos otros impulsos del individuo que no siempre son el resultado de su destructividad natural. De todas maneras, a éste no le es posible librarse de la culpa ante la máquina que reglamenta el tiempo, el tiempo del hombre-máquina o de la repetición maquínica, signo de sumisión en obra…

¿Pero a qué estamos sometidos? Para decirlo en pocas palabras: el instrumento de toda sumisión es siempre un discurso, así sea un discurso sin palabras. Todo discurso sostiene su coherencia en un ideal que le es consubstancial. Ese ideal es variable. Para Freud, se trataría del “Padre Ideal”. La coherencia, debida a la lógica interna de un discurso, sistema de pensamiento que lo opone o lo enlaza con otros, es más apremiante que el Ideal en sí mismo. Todo discurso implica un conjunto de “haceres”. Todo discurso intenta sistematizar el pensamiento de cada uno. Y lo que envejece no son los pensamientos, sino los sistemas. Y lo digo sin más: tanto en el psicoanálisis como en todas partes.

Ahora bien, es el “Yo” [Moi] quien religa el sujeto con los discursos. Discurso, sistematización del pensamiento que tranquiliza, y por el cual el “Yo” [Moi] parece tener una verdadera pasión; hasta tal punto está al acecho de aquello que puede ayudarlo en su tarea de represión. En esto sigo siendo freudiana y observo en qué medida el yo [moi] puede tener una parte ligada con el Superyó. El discurso está en desplome, viene de lo alto, aunque no siempre lo sepamos. ¿Por qué está en desplome? Porque siempre está ya-ahí. Antes de que profiramos la primera palabra, está ya-ahí. Le da su coherencia a toda situación, y si no está, la situación es vivida como un sinsentido. El sinsentido del momento puede ser lo nuevo por excelencia, y lo nuevo asusta.

Sin embargo, hay situaciones que aunque están atravesadas por la locura, tales como las situaciones de exterminio, por ejemplo, pueden no obstante aspirar a una coherencia gracias a los discursos que estructuran sus protagonistas. Si bien las víctimas son oprimidas de hecho por una violencia concreta y masiva, los verdaderos sometidos son los verdugos. ¿Cómo pueden las locuras asesinas y sistemáticamente ejecutadas tener lugar, a no ser por la aparente coherencia de un discurso que las justifica? El carisma de un jefe actúa a partir de un discurso que él hace creíble, incluso amable. Porque la sola pulsión destructiva no basta para explicar los crímenes sistemáticos. La pulsión carece de orden, el discurso la canaliza y le asigna blancos autorizados. De esta manera, la coherencia más infame vuelve aceptables para el Yo [Moi] sus exigencias.

No me extenderé más en estos casos extremos, me gustaría hablar de la sumisión de todos los días.

La vida en sociedad exige de todo individuo una inmensa aptitud para la sumisión. ¿Cómo establecer la diferencia entre la sumisión mínima exigible que deja espacio para la creatividad humana y esa otra siempre exorbitante hacia la cual tiende todo sistema?

Winnicott decía:

“La sumisión entraña en el individuo un sentimiento de futilidad, asociado a la idea de que nada tiene importancia […] Viven de manera no creativa, como si estuvieran cautivos en la creatividad de alguien más, o en la de una máquina”.

La socialización del pequeño hombre se hace por medio del aprendizaje, incluso por la introyección de las obligaciones impuestas. Está literalmente programado para interiorizar una serie de frustraciones y de pérdidas que son la condición misma de su desarrollo. Si bien son frustraciones necesarias, éstas y cualquier otra exigencia de sumisión, incluso la más injusta, están cortadas por la misma tijera. Y por ello el niño pequeño no diferencia entre las exigencias absurdas y aquellas que lo introducen en un ciclo de mayor autonomía. Sin apelar a los famosos “estadios” del desarrollo sujetos a discusión, existen etapas en el recorrido del devenir humano y adulto, cada una de las cuales está marcada por una separación respecto de la etapa precedente. No es tanto el “estadio” lo que importa aquí, sino las separaciones inter e intra-psíquicas que son la dinámica del desarrollo. Cada ruptura de sistema comporta un pasaje por la angustia que se resuelve, en principio, por una ganancia de autonomía.

La sumisión se origina en la dependencia obligada del niño pequeño ante su entorno inmediato, en particular respecto de las personas de su afecto, la Madre y el Padre, pero también respecto de un entorno más amplio. No sólo es dependiente de los deseos de esas personas, sino además de los discursos a los que éstas están sometidas: aquello que de lo colectivo se ha invaginado en ellas.

La serie de separaciones tradicionalmente es llamada serie de castraciones: oral, anal y simbólica.

Aquí, la angustia es el pívot, el afecto-clave para el analista: a la vez inevitable en esas rupturas de sistemas, pasajes de una etapa a la otra de la maduración, puede, por otra parte, adquirir valor de signo en manifestaciones patológicas. La angustia no es por lo tanto un síntoma, sino un afecto particular, al que Freud con toda razón llamó “equivalente general de todos los afectos”. Todo afecto contrariado puede transformarse en angustia. Es la caja negra de nuestros afectos.

La angustia primordial provocada por la pérdida del objeto de amor, o por el simple temor de su pérdida, es “espontánea” y no aprendida, surge ya en los primeros meses de vida del niño. La culpabilidad y la vergüenza son, por el contrario, afectos de aparición más tardía. No existen sino en la medida en que hay acceso al juicio del otro, a los valores del lenguaje. Con relación a estos, la angustia es primera.

Ahora bien, la alegría es tan precoz como la angustia y es, por lo tanto, anterior a los afectos socializados (vergüenza y culpabilidad). Y sin embargo parece que no nos sorprende lo suficiente que la alegría sea evocada tan raramente en las obras de psicoanálisis…

Primero, el niño se somete a causa de la dependencia inherente a su estado, luego para obtener el amor del adulto. La exigencia de sumisión y la demanda de amor van entonces de la mano.

Las aptitudes para la sumisión irán a alojarse en el molde tallado por la dependencia de las necesidades.

el afecto…

Lacan propuso cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. En mi opinión, conviene sumar un quinto: el afecto. Extrañamente, Lacan lo ha omitido, o peor todavía, lo ha desterrado. Sin duda, tendría sus razones. Pero de ahí a decir que tenía razón… ¡Señalo el error!

Les propongo, por lo tanto, reconsiderar el psicoanálisis ya no con cuatro conceptos fundamentales, sino con cinco: inconscientetransferenciapulsiónrepetición y afecto.

El afecto está en el centro de toda liberación, de toda revuelta, y de todo empuje de libertad. Recuerdo como al pasar que el afecto es el representante psíquico de la pulsión, la fuerza motriz de todo acto de deseo.

Liberarse de una sumisión implica la propulsión de una fuerza del Yo [Moi] y de un deseo, una relación con el pathos, y una actualización posible del afecto.

En el abordaje de este espacio, la trilogía freudiana inhibición-síntoma-angustia conserva una pertinencia todavía actual. Permite engendrar otras variantes útiles.

Lucien Mélèse ya había utilizado esta trilogía para proponer una variación término a término para las manifestaciones de crisis en general y de la epilepsia en particular, de la que resulta lo siguiente:

Exhibición-Crisis-Vergüenza.

Por mi parte, propongo:

Sumisión-Liberación-Júbilo.

Los tres puntos de articulación ponen en relación:

1 – las funciones del Yo [Moi]: inhibición-exhibición-sumisión; conductas patentes con motivos inconscientes, ofrecidas a la sagacidad del analista.

2 – las manifestaciones del Pathos: síntoma-crisis-liberaciónpathos o pasión resultante de lo colectivo que contraría la realización pulsional bruta, coincidencia de lo singular y de lo colectivo. Se trate de síntoma, de crisis o de liberación, las más de las veces es una respuesta a la época, es decir, un cierto tipo de discurso que no puede entender la situación claramente, ya sea a causa de una censura moral o por ignorancia.

Síntoma, crisis o liberación son entonces aquello que de lo singular hace señas a lo colectivo. Salvo que la liberación puede ser una señal sólo para el sujeto, y puede al mismo tiempo revestir un aspecto de síntoma, incluso de crisis, para los otros.

3 – las actualizaciones del afecto: angustia-vergüenza-júbilo. La angustia es el afecto por excelencia del que se ocupa el psicoanálisis. El júbilo manifiesta un desbloqueo operado. La vergüenza resulta de lo colectivo como instancia. El sujeto experimenta la intensidad de un acontecimiento psíquico sea cual fuere su origen, externo o interno.

No pretendo que toda liberación implique alegría, incluso ocurre que querer morir se significa por un “presento mis excusas”, pero no se puede evitar tomar en cuenta el júbilo que procura todo acto de liberación, sean cuales fueren ulteriormente sus consecuencias.

Lo que es impactante en la teoría del psicoanálisis es el lugar exorbitante acordado a la así llamada serie de castraciones, serie de frustraciones, y de renunciamientos en detrimento de otros procesos constitutivos de la evolución del pequeño hombre. En otros términos, la serie de separaciones necesarias, inter e intra-psíquicas en el desarrollo del niño, cuyos avatares nos permiten efectivamente comprender un gran número de manifestaciones de sufrimientos y de síntomas.

En este contexto resulta menos evidente comprender sobre qué experiencias precoces se apuntalan tanto el deseo y las capacidades del hombre para rebelarse de una manera no patológica y vivir por fuera de la sumisión “voluntaria”, así como su aptitud para ser alegre en desmedro de una realidad que no lo alienta demasiado.

El placer de órgano, las satisfacciones libidinales y narcisistas, las sublimaciones bien logradas están ciertamente ahí para iluminarnos acerca de sus posibilidades de felicidad, pero me pareció que debíamos agregarle a esta búsqueda el deseo de libertad.

…y la serie del júbilo…

El sentimiento de libertad, para algunos más que para otros, forma parte de esa felicidad. Antes que circunscribirme a las discusiones sin fin acerca de la alienación, la inexistencia de la libertad en sí misma, o de la libertad como puro engaño, querría simplemente explorar ciertos momentos psíquicos en que domina el afecto de la alegría como resultado de una liberación. La liberación provoca una rasgadura en el tiempo social común que por añadidura la alegría hace olvidar. La angustia originalmente ligada con la espera padece en sentido contrario al tiempo que no termina de no pasar. Que el corazón se acelere tanto en un caso como en el otro es un consuelo ruin…

Cuál no ha sido mi alegría al darme cuenta de que ante la serie de castraciones, era posible alinear otra serie, la serie del júbilo, tan fundadora como la otra en el desarrollo del niño.

La serie del júbilo no aparece completa y de una vez porque no figura en los escritos de un mismo autor, despunta en discontinuo y no se hace visible sino después de reparar en la transversal que tiende un puente como mínimo entre Freud, Winnicott y Lacan.

No es ni educativa, ni adaptadora, contrariamente a la serie de castraciones o de renunciamientos. Existe en la teoría analítica, pero no ha sido aislada como tal porque sus diferentes momentos han sido observado por un analista distinto: cada uno de ellos edificó toda una cara de su teoría a partir de un momento de liberación jubilosa observado en el niño.

Es sorprendente que tres grandes analistas, tres clínicos, encuentren las ideas de sus teorías no escuchando a sus pacientes en la cura analítica, sino observando los niños pequeños directamente. Observación por fuera de todo dispositivo producido por el psicoanálisis que, por sus obligaciones, impone el ya-ahí, lo ya pensado, e impide por ello que advengan otras ideas. El pensamiento, puesto que debe desarrollarse en el interior de un sistema, queda cautivo. No sólo toda teoría limita la investigación por su coherencia propia, sino que el respeto por el dispositivo mismo del psicoanálisis ejerce su influencia en el pensamiento del analista y del analizante. Esto puede llenarnos la cabeza de preguntas… Las ideas surgirán alejadas de esas restricciones. En todo caso, esto permite devolverle su importancia a la experiencia vivida como origen de ideas teóricas para el psicoanálisis.

Voy a citar tres momentos bisagra en el devenir del niño y en la teoría analítica. Existen otros, sin duda.

– El momento del Fort Da: Freud, al observar a su nieto que juega con un carretel, y que repite incansablemente “Fort” [se fue] y “Da” [aquí], deduce de ello la existencia de una compulsión de repetición que dará lugar a la noción de la pulsión de muerte. Asistimos a la puesta en escena de la repetición del placer-displacer, de la separación y el reencuentro con el carretel que se supone que es la madre, así como a la invención de un acto de libertad por parte del niño ante una situación de displacer. Creación del niño para dominar su dependencia relacionada con la separación; experiencia inaugural del dominio y abandono de su dependencia. Momento de júbilo que él reproducirá compulsivamente. Porque el niño no llora mientras arroja el carretel, jubila.

– El momento del estadio del espejo, observado por Lacan. Cuando el niño se reconoce en el espejo, ríe ante su propia imagen. Captura de una forma unificadora que le permitirá una mayor autonomía. Pero, ¿por qué el niño experimenta júbilo, sino por su liberación, por su desapego del otro, por la autonomía de su forma y por la novedad de su experiencia? Lacan percibe el afecto de la alegría y lo llama asunción jubilosa, sin preocuparse más en particular por el afecto como tal, provocado por esta experiencia fundadora.

– El descubrimiento del objeto transicional y la creación por parte del niño del área de juego: Winnicott observó que en ciertos momentos difíciles, tales como una separación, o una hospitalización precoz, cuando se le da a un niño un objeto que pertenece a su madre, éste soporta mejor la separación y se muestra menos ansioso… Pero allí, se trata de un simple recuerdo de la madre y no de un objeto transicional verdadero. El objeto transicional, en rigor, es una creación del niño: lo encuentra solo. El momento de apropiación es espontáneo y súbito si el entorno no está demasiado contaminado por la cultura psicoanalítica y permite que el niño se las arregle solo en su búsqueda. Asistimos entonces al placer de un descubrimiento, como podemos asistir cada noche a su satisfacción recobrada. De esta manera, el objeto transicional es encontrado-creado, tal y como lo dice Winnicott.

Y es lo mismo para cualquier área de juego en general: objetos o territorios que el niño encuentra y crea. Crea aquello que ha encontrado.

La serie del júbilo se apuntala en aptitudes propias del niño, en su empuje de libertad, no las recibe de nadie. A condición, evidentemente, de que lo haya conseguido gracias a un entorno suficientemente favorable. Que el descubrimiento y la liberación de la situación que lo precede sean espontáneos y no la respuesta a una espera del adulto no significa que el niño pueda prescindir de la presencia amorosa de las personas de su apego.

La dependencia en la cura analítica, el apego muchas veces enorme del paciente hacia el analista, no son en sí mismos un obstáculo para el empuje de libertad. Pueden convertirse en obstáculo, si el analista abusa del poder que le confiere esa dependencia, en principio, pasajera. Por el contrario, puede representar un territorio de confianza a partir del cual las liberaciones serán posibles, si la relación con el analista permanece fiable. Esto no va de suyo, ciertas condiciones son indispensables, y antes que ninguna otra aquella que consiste en no confundir el vínculo vivo entre dos personas y la exigencia dogmática de la sumisión a un dispositivo inerte frecuentemente mortífero que exige conductas repetitivas.

El placer y el júbilo de entrada no son una cuestión de lenguaje, pueden devenirlo ulteriormente. Cada descubrimiento parece resultado de una decisión instantánea.

En la transferencia, las dos series no dan lugar a comportamientos idénticos. Primero y esencialmente porque la serie de castraciones detenta un lugar privilegiado dentro de las teorías psicoanalíticas, porque el dispositivo es con frecuencia utilizado a los fines de la castración y porque la serie del júbilo jamás es invocada en tanto fundadora de experiencias ulteriores. A excepción de Winnicott, quien plantea el área de juego como matriz de la creatividad en el adulto y como posibilidad terapéutica.

“Jugar debe ser una actividad espontánea, y no la expresión de una sumisión o de un consentimiento, si debe haber en ella psicoterapia”, y más adelante Winnicott precisa: “el juego es un hacer”.

Es un hacer que no es un hacer para el otro. Pero el momento psíquico es aquello que autoriza ese hacer y posibilita la creación de un nuevo espacio-tiempo subjetivo.

La problemática de la pérdida está en el centro de la reflexión de los analistas, y si el resultado de ello es una ganancia de autonomía, esta autonomía va en el sentido de lo que esperan los adultos, en el sentido de la “cultura”. El sentimiento de libertad, sin hablar siquiera de júbilo, no es una consecuencia natural de esta pérdida.

Muchas otras actividades suscitan manifestaciones de alegría en el niño: la conquista del estar de pie, los primeros pasos, el proferir las primeras palabras e incluso la energía que despliega cuando logra arrancarle la cuchara a quien lo alimenta para llevársela a la boca sin ayuda de nadie. Todo esto depende de la imitación y de los aprendizajes donde el niño responde al estímulo y a las expectativas de los adultos, incluso si es muy emprendedor y vive espontáneamente la satisfacción de su desempeño.

En el silencio de los discursos…

Los momentos de la serie del júbilo pertenecen a otro registro, resultan de un momento psíquico específico y son comparables en esto con el sueño, que es puro acontecimiento psíquico.

Podemos plantear la hipótesis de que la serie del júbilo constituye el primer zócalo sobre el cual vendrán a apoyarse tanto las tentativas ulteriores de liberación del adulto, así como también sus revueltas, cuyo único motor no es sistemáticamente el odio.

El momento de liberación tiene lugar sobre un fondo de silencio de los discursos.

Entonces el “yo” [je] presenta sus excusas ante el control de los discursos y la coherencia impuesta. Porque la posibilidad de liberación necesita una ruptura de esa cohesión, una ruptura de sistema, y el desvanecimiento del dominio discursivo sobre el sujeto que se encuentra solo en conexión con sus empujes internos. “…Freiheitsdrang…”.

Experiencia rara para muchos, más frecuente para aquellos que gozan la Gran Salud, como decía Nietzsche, y cuidadosamente reprimida por los partidarios del orden establecido.

En análisis, la verdadera asociación libre –experiencia rara por cierto, hay que recordarlo– a veces permite el acceso a esas experiencias. Winnicott, sin embargo, insiste en su especificidad: “La libre asociación que revela un tema coherente ya está afectada por la angustia, y la cohesión de las ideas es una organización de defensa”.

La cohesión es siempre defensiva, aunque nadie pueda prescindir por completo de ella en el día a día, ni en el uso de su razón.

Esta experiencia temporal es muy diferente de lo que yo había llamado en otra parte “tiempo detenido” en lo vivido de las neurosis traumáticas, donde la vida entera se desenvuelve sobre el fondo de una misma escena traumática, marco que confiere siempre el mismo sentido a los acontecimientos.

Ahora bien, si la liberación está por fuera del relato, experiencia del tiempo no cronológico, no está por fuera del afecto.

Juguemos a hablar en freudiano:

En el momento de la liberación, el “yo” [je] se excusa, el Yo [Moi] no tiene más instancia en la cual ajustar como pueda los empujes del Ello. En suma, lo que le permitiría al adulto liberarse de una situación sería la experiencia ya vivida junto con su huella mnémica, que apela a una repetición, ya no nefasta sino benéfica: recuerdo inconsciente de los momentos de júbilo fundadores.

En este caso, el Yo [Moi] se libera del dominio del Superyó y se vuelve más permeable a los empujes del Ello y a las resonancias de lo real. Mientras que la exigencia freudiana le prescribe al trabajo del analista en su obra civilizadora que tienda a lo que se afirma en la fórmula consagrada: “Allí donde estaba el Ello, que advenga el Yo (el “yo” [je] según Lacan), en el momento de la liberación se asistiría, en todo caso, en parte, a lo inverso.

Momento luego del cual habría, o bien un retorno posible de la culpabilidad, “¿Qué hice? ¿Qué me pasó?”, o bien un anclaje en otros discursos, otras situaciones, otras coherencias. Por cierto, esos nuevos anclajes a la larga engendrarán también afectos de sumisión puesto que no hay adhesión a un discurso sin Superyó, sin renunciamientos. Esto se llama principio de realidad y uso de la razón. El momento de liberación en tanto tal no tiene anclaje inmediato en la realidad, es cuestión de lo real. Ahora bien, la realidad vela lo real.

Philippe K. Dick, a quien se le había pedido que definiera la realidad en una frase, respondió: “La realidad es eso que, cuando se deja de creer en ella, no se va”. En efecto, dio una excelente definición de lo real.

Ese efímero desgarramiento de la realidad conocida es una experiencia fuera de la norma, que sitúa al sujeto más allá del bien y del mal. Como todo esto es captado en velocidad, su destino es el olvido, cuando bien podríamos llegar hasta al asombro. Y de ahí mi insistencia.

Se piensa que en buena medida esos momentos pueden parecerse al comienzo de la manía y cuán grande puede ser la tentación de reducirlos a esto, ya que ambos tienen en común la euforia que le procura al sujeto su propia potencia. Y pueden efectivamente tornarse manía si el sujeto les suma la creencia en su potencia absoluta respecto de la realidad.

Pero antes que nada, ese momento está emparentado con el espacio-tiempo del sueño. En el sueño también hay silencio de los discursos. Lo que no implica ausencia de sentido. El tiempo del sueño es el tiempo de lo cumplido, es un presente que se estira. Excepto que el momento de la liberación ignora incluso las obligaciones que le imprimen al sueño sus propias fantasmagorías.

El júbilo sentido es un goce sin objeto. Así como se puede decir que hay angustia sin objeto –aunque precisamente en un principio, la pérdida de objeto es causa de la angustia–, de la misma manera puede decirse del júbilo que no tiene objeto, ya que no se goza tanto por un incremento de poder sobre un objeto en particular, como por ya no ser uno mismo objeto del dominio del Otro, el Otro de todos los discursos. En cuanto al niño de las primeras experiencias de júbilo, en un principio, para él, el Otro es habitualmente la madre, o cualquier compañero privilegiado del niño pequeño, a la vez portador de deseos y mediador de obligaciones colectivas.

Ese instante se caracteriza por no ser otra cosa que la pérdida del miedo a la pérdida. Interrupción de la eterna espera.

Breve evasiva de los tiempos cronológicos de la conciencia, del tiempo de los otros. Apertura hacia un tiempo que es pura presencia en tránsito. Tiempo que transcurre al ritmo de los latidos del corazón, del flujo de la sangre que circula en las venas y las arterias. Apertura de mundos desconocidos, saber por flashes, tiempo devenido vertical.

Goce de la potencia de la vida desnuda… que produce tanto el júbilo como el espanto. Vínculos inéditos de un aparato psíquico que favorece, en el análisis, las transferencias simbióticas o psicóticas.

Historias de pura presencia donde el estado de uno puede contaminar al otro. La palabra viene después, como la administración: a la vez necesaria y contingente.

Darle todo su peso a esos momentos psíquicos en el análisis exige abstenerse de cualquier imputación de “contenido” a lo inconsciente. Los contenidos de lo inconsciente de los que hablamos son, en efecto, nuestras construcciones imaginarias y teóricas. Le imputamos a lo inconsciente nuestras hipótesis, cuya legitimidad verificamos a la salida. Los contenidos del inconsciente forman parte del discurso del psicoanálisis que, a la manera de todo discurso, incluso de aquel que predica la libertad más grande, exige sumisión.

Personajes”, el devenir-jugador del analista…

Pienso que la serie del júbilo ha dado lugar en la teoría, mucho más que la serie de castraciones, a eso que Deleuze y Guattari han dado en llamar personajes conceptuales: así como el Idiota o Bartleby, también el Niño del Fort-Da, el Niño del Espejo, el Niño del objeto transicional, son personajes conceptuales en el psicoanálisis. Figuras del niño del júbilo.

El psicoanálisis ganaría en riqueza, y el psicoanalista en libertad de pensamiento, si considerara del mismo modo al pequeño Edipo enamorado de su mamá y celoso de su padre, o al Lactante Sabio de Ferenczi, como personajes conceptuales. Arrancados de su embalaje teórico de origen, ese cambio de estatuto evitaría las preguntas sempiternas acerca de su valor científico o de su universalidad, sin perder por ello su eficacia descriptiva ni su densidad metafórica cuando el recurso a esas ficciones se revela útil.

Si insisto en la oposición entre la serie del júbilo como endógena en el niño y la serie de castraciones más adaptadora a la sociedad y exógena al empuje de libertad, no es para anular una en beneficio de la otra. Tampoco es conveniente hacer un uso de ellas para caer en el plano de la oposición entre lo innato y lo adquirido. Ambas son necesarias para la maduración del niño. Pero se comprueba que lo esencial del dispositivo de la cura analítica y de las prescripciones dictaminadas concernientes a la conducta en la cura analítica es promover la castración y las frustraciones en detrimento de cualquier otra modalidad. Algo que resulta un poco estrecho, cuando no francamente catastrófico. Para que análisis como estos sean fructíferos, más vale gozar de una salud robusta. ¡Que es lo mismo que decir que el análisis es redundante!

Si los momentos de liberación en que un sujeto se libera no son tenidos en cuenta en la cura como acontecimientos psíquicos de pleno derecho respecto de las competencias primeras de la especie humana, si el psicoanálisis no reconoce sus propias aptitudes para los hallazgos singulares, entonces, sea cual fuere el discurso adoptado, no será más que una subrogación idéntica de lo antiguo. De esta manera pudimos ver a muchos que trocaron su sumisión al discurso maoísta por otra sumisión idéntica al discurso del psicoanálisis, de preferencia, lacaniano. La apertura hacia lo nuevo y el hallazgo precioso serán asfixiados en beneficio inmediato del trabajo y de las asignaciones discursivas en términos de verdadero y falso, cuando no del bien y del mal. Porque hacemos hallazgos por cuenta propia, y trabajamos para el Otro. Cuando hay júbilo, la liberación es un “no” a toda instancia, mientras que el “sí” queda guardado en el ropero. La alegría viene de ahí. La experiencia íntima de libertad, también. El recubrimiento por una significación que llega demasiado pronto implica el riesgo de una caída depresiva, como cuando se recibe el golpe del deber en lugar de una sonrisa.

En ese tiempo efímero el “sí” y el “no” se confunden sin que por ello el sujeto sea ambivalente. Ese “no” no es aquel del que habla Freud, aunque ambos tengan rasgos comunes: no es un “no” a un objeto, que por esta razón se volvería malo, sino goce de una experiencia que simplemente entraña la vida.

Cuando se trata de adultos en análisis oprimidos por saberes, es el turno del analista de convertirse en jugador y encontrar por medio de mil y un trucos los potenciales fuera de lo común de que dispone cada paciente. Esos potenciales pueden ser activados por el encuentro y la composición, insólitos cada vez, que forman el paciente y el analista. Potenciales fuera de lo común en tanto que son ajenos a las exigencias corrientes de la educación de la teoría analítica vigente, educativa a pesar de sí misma por el simple hecho de existir. Empresa tanto más difícil cuando se reciben analizantes ya sometidos de antemano a la ideología analítica, que se imponen a sí mismos, como si fuera de suyo, el infortunio de toda veleidad innovadora frente al ritual impuesto.

Si nos sublevamos en contra el dogma en el análisis, no es tanto porque éste preconice conceptos falsos, sino porque cada discurso tiende a la tiranía y exige la sumisión. El discurso del psicoanálisis no es la excepción a la regla. Cuanto más fuerte y coherente es una teoría, tanto más suscita una adhesión sin reservas, y tiende más aún a volverse totalitaria en el seno mismo de la cura analítica. La justeza de los conceptos no es cuestionada, lo que se cuestiona es que en nuestra práctica el discurso teórico regentea las modalidades de las relaciones, llegando incluso a hacernos olvidar que se trata en primer lugar y antes que nada de un vínculo entre dos seres humanos, no sólo de un vínculo entre analizante y analista. Produce enunciados que se apoderan de las maneras de ser de unos en relación con otros, de los cuerpos en presencia y del tiempo de la vida. El dispositivo del análisis está al servicio del confort del analista a veces sin relación evidente con el acceso al inconsciente o con la preocupación terapéutica. Una técnica puede, así, inducir modos de vida en nombre de la pertinencia de los conceptos. ¡Ni siquiera las ciencias más duras tienen tales exigencias! Éstas son, por el contrario, lo propio de las religiones y de los partidos políticos.

Imágenes-sonidos del afuera 

Volviendo a los momentos de júbilo como zócalo de experiencias innovadoras ulteriores, recurrir a ellos en análisis no es evidente. El primer paso consiste en acordarles al menos valor de existencia.

Queda la pregunta de cómo se memoriza un goce sin objeto y una experiencia fuera del discurso. Como hipótesis de respuesta, se podría imaginar que hay memorización de una relación ya vivida entre un pathos y un afecto ligado a una función o manifestación del Yo [Moi]. Así, se podría esquematizar de modo grosero el ejemplo precedente, diciendo que habría memorización de la relación síntoma/angustia ligada a la inhibición, la de la relación crisis/vergüenza ligada a la exhibición o también memorización de la relación liberación/júbilo ligada a la sumisión.

Sabiendo que la memoria retiene prioritariamente los acontecimientos cargados de afectos, sabiendo también que los afectos desagradables movilizan más la psiquis que los afectos agradables, sugiero que los analistas estén mucho más atentos a lo que de esos momentos deliciosos y fugaces pudiera llegar a aflorar en la sesión. Donde la risa y la alegría serían nuestros mejores aliados y donde la libertad del paciente, por lo menos, lo conduciría a presentar sus excusas ante nuestras creencias más caras, y no caería irremediablemente en el registro de las resistencias.

Cuando hacer es posible.

Que los espíritus tristes –¡en mis escritos son siempre los mismos, de un artículo a otro!– no tengan ningún temor, no vamos por esto a confundir los rechazos sistemáticos, ni las explosiones agresivas con este empuje de libertad o de insumisión que sólo existe en estado instantáneo puesto que se trata de un momento psíquico y no de conductas estructuradas. Para durar, toda experiencia recurre por necesidad al lenguaje y tiende a convertirse en memoria discursiva. Pero entonces, ya no es esa brecha en los nudos imaginarios, viaje de ida y vuelta directo entre la psiquis y lo real del Mundo, entre presencias que se afectan, tanto la del analista como la del paciente. Por lo tanto, lo que vemos y escuchamos sin un orden preestablecido son las imágenes del adentro y las imágenes-sonidos del afuera, un afuera no ordenado, ni precortado por las normas: ¿si no qué otra cosa es entonces el cosmos en sí mismo, el mundo abierto? Experiencias fulgurantes, si ganaran cierta amplitud, pero que también pueden tranquilamente pasar desapercibidas, ya que tan espesa es la capa de nuestra creencia en la realidad impuesta. Si esto no puede pensarse más que como puro instante, puro momento psíquico a partir del silencio de los discursos es porque el tiempo del hombre y sus percepciones no están a la medida del Mundo abierto. Aparte de nuestros límites fisiológicos, sólo lo social y la sumisión a las obligaciones de los discursos nos evitan la confrontación directa con la crueldad y la inmensidad del Universo. ¿Será el precio de la “normalidad”?

Algunos grandes locos se aventuraron… Y no volvieron. También los artistas, los muy grandes, con sus exquisitos instrumentos templados en una disciplina de hierro. Sin ser locos, incursionan en la vastedad no ordenada del cosmos y nos traen de vuelta manojos de lo real, en sonidos, en colores, en formas, en palabras extrañamente entrelazadas, en imágenes mentales de cosas jamás vistas. Eso nos cura más que cualquiera de los discursos de nuestras sumisiones inevitables y cotidianas. Nunca se repetirá lo suficiente que sólo el arte es una verdadera medicina. El hombre parece fascinado por la interpelación de lo real, y la ciencia le fabrica naves para salir a su pesca con la grandiosa idea de convertirse en su amo.

Sin llegar a ese punto, el aparato psíquico del hombre común puede también abrirse a veces, cuando retorna el niño del júbilo. Entonces, por algunos instantes efímeros, nos convertimos en videntes embelesados por el espanto o también en telépatas maravillados, sin saber qué hacer con la irrupción de lo real en nuestros saberes eternamente inmaduros.

Pero que no haya pánico: los discursos están ahí para captarnos rápidamente, para hacernos olvidar, protegernos y someternos de nuevo. Sin embargo, si la vida se reinventa con tanta obstinación más allá de los desastres sin número, es porque lo efímero de nuestros instantes de júbilo deja huellas vivas, y es sin duda por ello que la esperanza no es vana locura.

París, noviembre de 1998.

 Exposición presentada en las Jounrnées de la Fédération des Ateliers de Psychanalyse, cuyo tema fue “La sumisión”.

 La autora utiliza aquí la expresión me décommander, que significa ‘excusarse’, ‘presentar excusas’, palabra compuesta por el prefijo ‘dé’, que equivale al prefijo español ‘des’, y ‘commander’, que significa ‘mandar’, ‘pedir’, ‘ordenar’, ‘refrenar’. La asociación libre se articula entre los dos sentidos, el de se décommander y el sentido que surge de la separación de dé-commander. (N. de la T.)

 Tanto “ímpetu libertario” como “anhelo de libertad”, que aparecen en la traducción de López Ballesteros y Torres, son traducciones de la palabra alemana Freiheitsdrang utilizada por Freud en ambos casos. La autora prefiere traducir Freiheitsdrang por la expresión “empuje de libertad”. (N. de la T.)

 Freud, Sigmund, El malestar en la cultura, en Obras Completas, 3° ed. , T. III, Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, 1973. Tr. Luis López Ballesteros y de Torres. P. 3037.

 Cfr. Homo Sacer de Giorgio Agamben, Pre-Textos.

 Bloc-notes de la Psychanalyse, N° 15, p. 84.

 Winnicot, D.W., Juego y realidad, Buenos Aires, Granica Editor, 1992, p. 82.