El amor paradojal

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Año 1997

El amor paradisal o la promesa de separación

El “deseo del analista” ha sido un interrogante de importancia en ciertos medios analíticos y, en particular, entre los lacanianos. La cuestión ya gozaba de no poco interés en la época de su primera formulación. Las respuestas no me han convencido. Yo diría simplemente que uno se hace analista porque el psicoanálisis existe, así como uno se hace pintor o dentista. La elección de una profesión, de un métier, de un compromiso político, de una vocación resulta de cada historia particular. Como mucho, se puede señalar que al convertirse en analista, después de haber hecho un análisis personal, se tiene la certeza de no abandonar jamás el psicoanálisis. Este sería un rasgo particular del devenir analista. Nos complacemos en decir que el psicoanálisis no es un métier como cualquier otro, es cierto, y sin embargo sostengo que es importante ser un verdadero profesional y no un diletante. Sin olvidar esto: con frecuencia, los momentos más fecundos de una cura analítica son aquellos en que justamente las competencias del profesional se encuentran en jaque y debe reinventarse la manera de ser analista para un paciente en particular.
Si ser analista no es una identidad, el análisis es una función que altera el ser mismo de quien la soporta. ¿Cómo extrañarse entonces de que algunos tiendan a convertirlo en una identidad?
Si no hay identidad de analista, sí hay, por el contrario, caricaturas de analistas… Más simplemente podríamos decir que alguien es analista porque es reconocido como tal, al menos, por un analizante. Ahora, que sea buen o mal analista, ésa es otra cuestión. Si es reconocido como analista, o tomado por tal, esto se debe en gran medida a que hay transferencia. Ha sido puesto en el lugar de, como decía Lacan, un sujeto supuesto saber, saber sobre el inconsciente de su paciente.
A partir de ahí, todo diverge, porque las acepciones de la transferencia son múltiples.
A lo largo de la obra del mismo Freud, esta noción se fue haciendo más compleja y, después de su muerte, esto continuó. Cada escuela, cada autor ha modificado su contenido y su interpretación.
Mi propósito es hablar acerca del amor de transferencia, de sus problemas y avatares, amor de transferencia que yo llamo amor paradojal. Para mayor claridad, quisiera previamente proponer una clasificación “de las transferencias”. Clasificación sumaria y forzosamente criticable, si entendemos que no hay, en un dominio como éste, es decir, en un inventario abierto, ninguna clasificación exhaustiva. Se ha dado un paso importante en el marco del trabajo de la Fédération des Ateliers de Psychanalyse, a partir del momento en que comenzamos a utilizar el plural –las transferencias–, y en gran medida gracias al trabajo de Pierre Delaunay. La clasificación que propongo se inspira en ese trabajo, pero no lo sigo al pie de la letra.
La transferencia, en sentido estricto, implica un desplazamiento, un cambio de lugar o de tiempo: necesita, al menos, dos ocurrencias de un mismo fenómeno. Supone que algo se vuelva a poner en juego en la relación con el analista, algo que ya estuvo en juego antes o en otra parte. Übertragung: llevar algo al otro lado, pasar de una orilla a la otra. Lo que ocurre es que este término designa aquello que llega por primera vez. Me parece ilógico. Ahora bien, esta amalgama es de uso corriente.
Un análisis no es eficaz si no suscita lo nuevo, lo diferente. ¿Qué nombre darle a eso nunca antes advenido que adviene en el transcurso del análisis? Por cierto, en la transferencia lo nuevo sobreviene entremezclado con lo viejo, con lo repetido: en mi opinión, resulta de interés desplegar el abanico de las diferentes transferencias a fin de poder distinguirlas para así pensar mejor las aperturas que cada una de ellas hace posible. Por otra parte, no se está hablando de los mismos contenidos semánticos si uno se sitúa desde una perspectiva clásicamente freudiana, lacaniana, kleinniana, winnicotiana o bioniana, y esto lo dejo de lado. Tampoco se habla de los mismos contenidos, ni del mismo tratamiento que se hace de ellos, según se trate de una transferencia neurótica o psicótica o, incluso, de una transferencia interna, intrapsíquica del sujeto en sí mismo.
La tendencia a llamar indistintamente transferencia a todo lo que ocurre en la relación entre analista y analizante es, por lo tanto, del todo insatisfactoria. En la repetición transferencial hay razones para distinguir la reproducción de un acontecimiento pasado –incluso si esta reproducción nunca es idéntica–, del hecho de encontrar el recuerdo de ese acontecimiento. Un recuerdo puede, evidentemente, ser encontrado por supuesto por fuera del análisis… ¡retorno a Proust aconsejado! Esto vale para todas las repeticiones o reproducciones que tienen lugar cotidianamente, pero que adquieren otro valor desde el momento en que ocurren dentro del encuadre del análisis y se dirigen al analista. El amor paradojal será su ilustración más evidente.

Reproducción – Producción
Al ser esencialmente movimiento, una dinámica, las transferencias pueden describirse según los vectores de translación que actualizan. Esta translación, aunque en parte esté vinculada con la compulsión de repetición, no es exactamente lo mismo. La compulsión de repetición es la fuerza que empuja a repetir, es la parte más importante de la pulsión de muerte. Me ocupo ahora de precisar una cuestión fundamental: la cosa repetida debe ser distinguida de la fuerza que empuja a la repetición. Por esto, prefiero decir aquí reproducción cuando se trata de la cosa repetida y no de la compulsión como tal. El aspecto innovador, las ocurrencias no repetitivas que allí se mezclan o que surgen de un modo por completo excluyente son producciones, incluso creaciones.
En lo que respecta a la reproducción concerniente al conjunto de las transferencias, la translación tiene lugar desde el afuera hacia el adentro de la cura analítica, es centrípeta. Con mucha frecuencia se invoca el aspecto temporal, repetición del pasado en el presente de la cura analítica, pero conviene tener en cuenta igualmente el aspecto espacial. Si el pasado vuelve, llega desde otra parte a un espacio muy particular, el del encuadre del análisis, que es una construcción completamente arbitraria.
A continuación, un intento de clasificación de las transferencias. No aporta ninguna novedad en el plano de los conceptos utilizados, pero permitirá plantear algunas cuestiones de manera más evidente.

1. Transferencias neuróticas, “edípicas”
Son las más clásicas, iluminadas por Freud. Cuando se habla de transferencia, se evoca habitualmente este tipo y, por lo general, se lo encuentra en las neurosis. Por turno, el analista irá tomando el lugar de las figuras del pasado lejano del paciente. Freud invariablemente se pretendía padre, mientras que en la línea ferencziana, ya sean kleinianos o post-kleinianos, Bion o Winnicot, domina la escucha de la reproducción del lado de los primeros objetos maternos. Lacan, en una tentativa de superar esta personificación, situaba al analista como sujeto supuesto saber, en detrimento de todo recurso a la problemática de la regresión.
En casi todos esos casos de figura, la reproducción es vista en un contexto esencialmente edípico. Se parte del supuesto de que la clausura psíquica ha tenido lugar. No se toma en cuenta lo que vuelve a salir de un aparato psíquico abierto, ya sea del lado del paciente o del lado del analista.
Según las diferentes escuelas de psicoanálisis, el desarrollo que se le da al lugar de esas transferencias es variable. No me voy a poner más pesada, la casi totalidad de la literatura sobre el tema trata este tipo de transferencias centrífugas.

2. La repetición traumática
La reproducción en la cura analítica de las secuencias del trauma encuentra igualmente su lugar en esta categoría, aunque pueda también reproducirse de manera diferente. (cfr. transferencia inversa). Es frecuente que el analista sin saberlo participe muy activamente y que “repita el crimen”, como decía Ferenczi. Reproducción inducida por el paciente que empuja inconscientemente al analista a reproducir en la transferencia y en la situación analítica uno de los elementos del trauma.

3. La transferencia inversa
Es un caso particular y muy especial de transferencia centrífuga porque aquí el analista siente, actúa o piensa a partir del lugar del analizante, de alguna manera en su lugar, aquello que es desconocido, reprimido o clivado en este último. El analista se convierte en actor de la reproducción en lugar del analizante, incluso si no hay necesariamente un pasaje al acto de su parte. Este tipo de transferencia es raramente invocado en la literatura analítica. La mayoría de las veces, actúa sin que ni el analista ni el analizante tengan conocimiento. Sin embargo, sería deseable que el analista se diera cuenta de ello… tarde o temprano. Muchas manifestaciones ruidosas o silenciosas de la contratransferencia deberían sumarse a la cuenta de las transferencias inversas. El analista está frecuentemente en el lugar del niño que ha sido su analizante, de quien experimenta fragmentos de experiencias subjetivas no identificadas. En el centro de esos acontecimientos psíquicos se encuentran afectos no representados. Esto puede pasar en el transcurso de momentos muy breves, se los tiende a sumar a la cuenta de los parasitajes personales y se los rechaza como cuerpos extraños a la cura analítica. La repetición que surge en esa transferencia, al no estar ligada explícitamente con la historia del sujeto que la vive (en este caso, el analista), corre el riesgo de permanecer desconocida como tal. Incluso los analistas más atentos a las manifestaciones contratransferenciales pueden dejarlas pasar. Sólo los analistas que trabajan con psicóticos han dado cuenta de este tipo de transferencia. Según mi experiencia, surge por igual en los análisis de neuróticos, pero pertenece a la transferencia psicótica. Y aquí distingo transferencia psicótica de paciente psicótico.

4. Transferencias internas
Son las repeticiones sin interlocutores visibles, porque el analizante se hace a sí mismo aquello que le han hecho en el pasado. Eso que por costumbre llamamos “masoquismo” con frecuencia es producto de la reproducción de un maltrato interiorizado, retomado enteramente por el paciente. No se trata sólo de un teatro interno, el analizante no se convierte en su propio verdugo porque presentaría una tendencia al goce mórbido o un gusto perverso por el sufrimiento: no, no hace otra cosa que repetir, tratándose a sí mismo como ha sido tratado. Haciéndose lo que le han hecho en el pasado. Literalmente, no puede hacer más que reproducir su pasado de esta manera, ya que es su único lugar familiar y muchas veces no conoce otro.

Las transferencias que siguen son frecuentemente identificadas como transferencias psicóticas. Esto no implica de ninguna manera que el paciente sea psicótico, ¡ni tampoco que lo sea el psicoanalista! Lo que ocurre es que este tipo de transferencias fue puesto en evidencia esencialmente por analistas que han trabajado con psicóticos, (aquí me refiero en particular a los trabajos de Searles), más libres para pensar lo que les ocurre en relación con las doctrinas elaboradas en el encuadre de la cura analítica de neuróticos. A esto, agregaría: trabajos elaborados dentro del encuadre de curas pensadas para “producir” psicoanalistas. ¡No se supone que las famosas curas llamadas “didácticas” drenen una problemática psicótica! Esto es el higienismo de las instituciones analíticas, ¡los psicóticos no deben reproducirse en el interior de la comunidad analítica! Wishfull thinking que se infiltra en la teoría. A estas transferencias, por estar frecuentemente “deslocalizadas” respecto de una visión del sujeto de la enunciación, las llamaré por el momento:

5. Transferencias acéfalas
Se encuentran en casos de figuras muy variadas. Comprenden tanto lo que con frecuencia solemos llamar “transferencia simbiótica”, así como también la folie à deux. La diferencia con la transferencia inversa muchas veces es muy difusa. Decir transferencia psicótica no implica, como ya he dicho, la presencia de una estructura psicótica. Un momento de regresión puede bastar. Se las encuentra en los borderlines, tanto como en las manifestaciones histéricas no focalizadas en el síntoma. Pierre Delaunay distingue allí un modo de funcionamiento particular, al que con toda intención le da el nombre de “aparato psíquico para dos”. Es dentro de este marco que pueden experimentarse también los “pensamientos parásitos” que invaden al analista durante el transcurso de una sesión. De la misma manera, se puede colocar allí el saber inmediato que ciertos analizantes tienen sobre los estados o incluso también sobre los acontecimientos de la vida de su analista. Puede ocurrir que seamos atravesados por pensamientos o sensaciones que no provienen de nuestra propia experiencia, como ya dije, sino que nos configuramos con nuestro sustrato, nuestro cuerpo, nuestros afectos y nuestras facultades para imaginar y pensar aquello que no nos pertenece; nuestras palabras dan ropaje a lo que está clivado, enquistado, negado o reprimido en el paciente o viceversa. Se está entonces objetivamente loco, y sin embargo es importante no rechazar esas emergencias como si fueran parásitos, ni tratarlas como una tendencia malsana a una, llamémosla así, identificación histérica.
Por otra parte, no queda excluido que uno de los resortes que se ponen en marcha sea la aptitud del analista para la identificación histérica, aunque esto sea un poco corto como argumento. Incluso, si se la mira desde este ángulo, esta aptitud se convierte entonces en una herramienta de trabajo y deja de ser un comportamiento inadecuado y no profesional.
Se ve entonces circular pensamientos como por arte de magia de uno al otro, ¡pero no es magia! Es una circulación, un pasaje de información más acá de las clausuras psíquicas habituales. Apertura de clausuras psíquicas del mismo analista, que desconoce las inducciones y las transmisiones de perceptos no vinculados con la problemática edípica, no vinculados con el contenido claramente enunciado por el paciente. Las clausuras psíquicas están constituidas por el lenguaje mismo, y lo que pasa de uno a otro como “por arte de magia” puede, llegado el caso, recuperar las palabras de la lengua y volver a anclarse en el discurso articulado. Pero reducir el psicoanálisis al mero lenguaje articulado, es privarlo de una dimensión fabulosa y todavía relativamente inexplorada, cuyo principal soporte es el afecto. La angustia –según Freud, el equivalente general de todos los afectos– aunque es central en el psicoanálisis, no basta para estudiar ese tipo de manifestaciones. Hay toda una gama de afectaciones y de afectos que no son reductibles a la angustia. O, mejor, el abordaje por medio de la única problemática de la angustia no permite considerar los afectos y las afectaciones en su dimensión transferencial.
Los afectos en ciertas transferencias pasan por una translación que es de contaminación y no de comunicación, porque no están localizados en una representación. Circulación de informaciones más acá de las palabras, vías más próximas a las secuencias indiscretas de la prosodia y de los flujos, que a las unidades discretas del lenguaje. Sería tiempo de estudiar más de cerca las vías de la contaminación si queremos comprender ciertas manifestaciones transferenciales. Esto no contradice el hecho de que in fine la resolución de las tensiones afectivas tendrá lugar siempre en la justeza de una palabra.

Existe además un tipo de translación que habitualmente no suele ser ubicado entre las transferencias. Son las:
Transferencias centrípetas: la exportación fuera de la cura analítica de aquello que ha sido vivido al interior.
Es evidente que esto concierne, en su sentido positivo, a todo lo adquirido en un análisis. El analizante “aprende” a partir de experiencias vividas en su relación con el analista y se vuelve capaz de hacer uso de ello y de aprovecharlo en su vida. Esto es de una enorme banalidad.
También puede ocurrir, desgraciadamente, que haya reproducción y exportación de lo negativo que se fija a partir de un mal encuentro en análisis. Puede consistir en un estilo de escucha, una interlocución desastrosa, una manera de ser del analista que el analizante incorporará y exportará a su vida. Una manera de ser que resulta de la transferencia se fija y se convierte en un estilo de vida. Hay traumas provocados por el análisis, automatismos que desecan las capacidades vitales a partir del análisis. Podríamos decir que estamos en el mundo del revés, son las enfermedades iatrógenas del psicoanálisis. Para algunos analizantes la cura analítica personal ha podido tener el valor de escena original, hay que hacer entonces un “des-psicoanálisis” para volverlos a la vida. O para devolverles sus vidas.

Ninguna de estas figuras de la transferencia aparece en estado puro, sino que se superponen, se suceden unas a otras, se entremezclan en todas las reproducciones posibles. De la misma manera que ningún análisis se resume, en principio, a ese aspecto repetitivo de la transferencia. Ligadas a la reproducción, las creaciones surgen desprendiéndose de ellas.
“El amor de transferencia”, el amor paradojal, se pone en juego con mayor frecuencia en el área de la transferencia neurótica. Pero cuando empuja al acto, cuando sumerge toda posibilidad de interlocución, o cuando resiste a toda interpretación, o incluso cuando permanece como una zona sombría, como un paquete que no sabemos cómo desatar, entonces uno puede preguntarse si su fuente no serán esas transferencias no catalogadas por los grandes clásicos.

Producciones: momentos fundadores, experiencias inaugurales
Puede ocurrir que lo inédito, lo nuevo, lo absolutamente diferente se produzca a partir de un encuentro en el análisis. No se trata de la “toma de consciencia”, ni de una reparación, sino de una experiencia inaugural. Conviene en este caso distinguir dos momentos: en un primer tiempo, hay una reproducción, repetición en el análisis de un vacío, incluso de una carencia fundamental. Sobre ese vacío adviene, en un segundo tiempo y gracias a una experiencia vivida por primera vez en el análisis, lo nuevo, lo nunca antes advenido. Podemos preguntarnos si esta experiencia, este segundo tiempo, puede todavía recibir el nombre de transferencia. Hablando estrictamente, no hay nada que sea transferido, salvo ese lugar vacío con relación al cual esa primera ocurrencia puede encontrar su sentido. No repara nada. Nada se repara, pero tales experiencias fundan la posibilidad de tomar caminos laterales que permiten a las potencialidades que permanecen obstaculizadas emprender vuelo. Esto requiere del encuentro real con otro, con el analista. Esto no se produce sin una puesta efectiva, y afectiva de su parte.
Un gran extrañamiento sucede frecuentemente después de momentos como estos. “¡No tenía idea de que el análisis pudiera ser esto!”, escuchamos decir entonces. Sorpresa generalmente compartida, porque esto no es programable.
¡Estamos en el corazón de los verdaderos posibles del análisis cuando nos asombramos de que esto pueda ocurrir en el análisis!
Encuentro, circulación de dones y contra-dones de los cuales alguien súbitamente puede hacer un uso radical. Una vez más: ¿dónde está la transferencia? Estamos en el entre-dos. La transferencia lo ha hecho posible, le ha dado sentido, nada más, ni nada menos…
Puede pasar que no haya uno de esos momentos fuertes más que en una única oportunidad. Un hápax, como se lo suele llamar. ¿Se lo percibe siempre? Nada es más incierto… pero en fin, se trata a veces de un impulso tal, de un vuelo tal o de una tormenta tal, que resulta difícil ignorarlo por completo. Tarde o temprano –no forzosamente enseguida– sobrevienen nuevas maneras de ser y rozamientos de zonas inexploradas. Esos momentos de fuerza variable como los vientos de alta mar también pueden modificar profundamente al analista.
Entonces, pueden plantearse las dificultades de la separación. ¿Acaso todas las relaciones que allí se tejen caen bajo el yugo de una separación definitiva y perfecta, exigible al final de todo análisis? ¿Es legítimo pensar que una amistad, por ejemplo, pueda nacer de allí, o un deseo de volver a verse de otra manera, o de trabajar juntos, fundados en el encuentro? ¿En qué se convierte ese amor que estuvo en juego? ¿Es necesario que todo lo de esos momentos comunes caiga en un pasado sin continuación? Preguntas embarazosas. Los analistas han encontrado, a falta de respuesta, una escena: las instituciones analíticas. Nos separamos, pero nos reencontramos… en los seminarios. Un gran número de fin de análisis de analistas se hace a escondidas, o de manera ruidosa, a la vez camuflado y expuesto en la plaza pública de las instituciones psicoanalíticas. Cuántas escisiones resultarían más legibles si se las considerara desde este ángulo… como separaciones imposibles no reconocidas como tales y que empujan al acto en la escena pública.
Y nos ponemos a convocar la palabra incesto… ¡Cuando no es más que incestocracia! ¿Por qué, entonces? Porque la práctica analítica tiene como fundamento propio una transferencia particular, de la que no se habla, que parece ir de suyo. Y esta transferencia es específica del psicoanálisis.

Invención de un vínculo inédito: la Transferencia de lo Prohibido
Todo amor puede ser de transferencia, si se lo designa por el hecho de que todo amor reactiva o repite parcialmente las primeras experiencias amorosas del niño.
Si se exceptúa el caso de la figura de Freud, analista de su hija Anna, la de Mélanie Klein, analista de sus hijos cuando eran todavía niños, y de otros pioneros del análisis, se puede afirmar que hoy, la mayoría de las veces, analista y analizante tienen una relación exogámica. Si hay amor (u odio), no es más ni menos incestuoso que aquel que uno puede experimentar y vivir afuera. No hay allí más transferencias que en cualquier otra situación de la vida.
Pero Freud ha inventado un vínculo por completo inédito, literalmente extravagante, fundado sobre la prohibición de relaciones sexuales entre dos extraños. En efecto, nada, excepto la regla inherente al psicoanálisis, prohíbe ningún tipo de frecuentación entre esos dos protagonistas. Sin embargo, lo prohibido que afecta a las relaciones sexuales y a toda relación de proximidad entre analista y analizante es mucho más radical que lo que exige la simple reserva deontológica en otros dominios tales como la medicina o la enseñanza.
Lo prohibido de ese pasaje al acto es directa e implícitamente transferido de la relación padre-niño a la escena analítica, de suerte que de esa transferencia se desprende todo el resto. Sólo esta transferencia de lo prohibido nos permite hablar de incesto en el análisis. De todas maneras y sean cuales fueren los hechos invocados, se trata siempre de incesto imaginario. Y lo es tanto más, puesto que el análisis favorece a través de su propio dispositivo los momentos de dependencia. El niño en el adulto irrumpe y entra a escena, con frecuencia sin saberlo. Es de incumbencia del analista –y sólo de él– la tarea de identificar esto y de no equivocarse de interlocutor en sus intervenciones.
Las transferencias, como acabo de decirlo, son con frecuencia la repetición de aquello que se ha puesto en juego antes y en otra parte. Algo se reproduce, pero los afectos son siempre verdaderos y actuales. No hay transferencia de afectos, sino transferencia de representaciones. Ahora bien, la transferencia evoca, incluso suscita, la situación edípica, y esto mucho más de lo que las intervenciones del analista refieren.
Antes que hablar de amor de transferencia, ¿no convendría pensar en términos de una transferencia de lo prohibido?
Sin olvidar lo esencial: que el análisis no es reductible a la sola repetición, sino que es también apertura y demanda de lo nuevo, de lo no advenido. El amor que nace en este espacio es, por lo tanto y desde el vamos, paradojal. Y mucho más todavía por estar consagrado a una separación obligada que no se parece a ninguna otra.

Promesa de separación
Si los modelos de amor varían según las épocas y las sociedades, se puede decir que Freud introdujo en aquel comienzo del siglo XX, en Europa, un “modelo” de vínculo, incluso un modelo de amor por completo inédito. Tanto como es inédita la promesa de separación que lo sostiene.
¿Qué es entonces lo que promete el analista? Una paradoja: promete la separación. Si no puede prometer la curación, aunque la desee, puede prometer la fiabilidad de su presencia y del tiempo que le acuerda al paciente. Ahora bien, presencia y duración es lo que exige todo enamorado. Pero en la promesa del analista figura de manera latente aquello que el enamorado teme más: la certeza de una separación. La fiabilidad del espacio y del tiempo es connotada habitualmente por el término encuadre; en cuanto a la promesa de separación, ésta no sólo depende de la capacidad terapéutica del analista, sino que es su eje ético.
Hay una especie de gramática generativa del discurso amoroso en lo concerniente a la promesa. La declaración de amor es al mismo tiempo demanda de amor, y la demanda de amor apela a la promesa. “Te amaré siempre” es promesa de duración, ¿pero no es también una demanda? “No te abandonaré nunca” es otra variante. Incluso si los amantes no utilizan estos enunciados extremos, incluso si no son dichos, forman parte de la estructura profunda de sus intercambios y son la clave de bóveda, y de la promesa y de la demanda de amor que la subtiende. Son raras las historias de amor desprovistas de ansiedad en cuanto a la posible pérdida, ya sea del objeto del amor, ya sea del estado de enamoramiento en sí mismo. Esta ansiedad se nutre de deseo de promesas.
En los comienzos de un vínculo de amor, de una pareja de amantes o incluso en una amistad, aunque en este caso de manera más apacible, existe la promesa de permanencia, sean cuales fueren las consecuencias, que con frecuencia son contrarias a los deseos del comienzo. La promesa niega el tiempo por medio del encanto del “siempre” que es fundamento confesado o secretamente soñado, y finalmente sólo admite como finitud la de la vida misma.
“Siempre” es, sin embargo, el otro nombre de la muerte.
Únicamente las relaciones simbólicas de parentesco no necesitan ser soñadas ni dichas, sino que valen por el sólo hecho de existir y, por lo tanto, por atribuir lugares estables y funciones de unos respecto de otros. No hay ninguna necesidad de promesa en este caso. Si bien el analista puede representar en diferentes momentos de la cura analítica, por algún rasgo, a la madre, al padre o a cualquier otra figura de la familia, es –y seguirá siendo– un extraño y entablará una relación exogámica con su paciente. La transferencia de lo prohibido de una relación sexual entre ellos es perfectamente arbitraria, pero es condición de trabajo, una regla que permitirá orientar el sentido de los acontecimientos en la cura analítica.

El amor paradojal
Sin embargo, el analista, al abrir un campo de aimance*, suscita, reactiva o activa un amor paradojal. “Podés amarme, podés contar conmigo, pero te prometo que nos separaremos un día”… tal es la promesa paradojal, no dicha, pero latente, en ese campo de aimance que se abre al analizante.
Prefiero decir campo de aimance antes que relación de objeto, como se acostumbra, ya que la relación de amor no es reductible a una relación de objeto, incluso si en apariencia se ejerce de a dos. Uno no se enamora sólo de la persona. Amamos un conjunto de signos, de trazos representativos de anclajes múltiples y de recuerdos. Cada uno transmite un mundo. Nos enamoramos de un mundo y no de una persona. Éste es un predicado del cual el sujeto lleva en sí todas sus implicaciones sin saberlo. Podemos ser los portadores de la belleza de una madre joven, tanto como de una guerra, de una revolución soñada, de una riqueza perdida. Llevamos una historia y una geografía que atrapan la mirada desde el primer instante. El inconsciente es sensible a las huellas múltiples tanto de lo colectivo como de lo singular. La mezcla de los dos constituye lo íntimo de cada uno para cada uno. Eso que somos nos llega de otra parte y nos vuelve más o menos amables según los encuentros o desencuentros. El dispositivo del análisis está hecho para ocultar las singularidades del analista, pero ellas subsisten a pesar de todo y pueden convertirse tanto en nuestro aliado así como en nuestro obstáculo según las historias y las geografías propias de los analizantes.
Cuando el descubrimiento y la puesta a prueba de una relación fiable con otro, de un amor posible, se juegan por primera vez en el encuadre del análisis, cuando el descubrimiento viene a contradecir tantas y tantas malas experiencias, cuando el encuentro inaugura aperturas en la vida, entonces la prometida separación al final del análisis puede resultar doblemente difícil: primero, porque se trata de una experiencia fundadora, salida de un vínculo precioso para el paciente, del cual no sabe si será capaz de prescindir, luego, porque en el caso de una madre o de un padre, ese vínculo simbólico invariable en su naturaleza subsistirá siempre y a pesar de la separación, mientras que el vínculo con el analista está sometido a la promesa y a sus avatares. La separación del analista no es igual a la de la pareja padre-niño aunque pueda a veces evocarla. Incluso si en análisis tratamos con ese niño en el adulto, el analizante no puede ser reducido a un niño ni el analista a un padre. Este parecido, además de la reducción simplificadora que comporta, negaría al mismo tiempo toda producción de lo nuevo y limitaría el campo del análisis a la habitación de los padres. Aunque el análisis supone que el analizante se vuelva más autónomo con relación a cualquier representante paterno, con el pretexto de que se ha convertido en un sujeto menos sujetado a los deseos del otro, no deja de ser ilusorio, incluso dogmático, negar el vínculo específico que él habrá tejido con su analista. Y esto mucho más si se tiene en cuenta que el análisis lo habrá devuelto a la vida.
En cuanto a las “filiaciones” analíticas, ellas nos cuentan otra historia, o los avatares de separaciones imposibles… cuya escena son las instituciones analíticas: hacemos como que nos separamos para encontrarnos mejor en una morada común.
Por esta fábrica de lo prohibido, todo lo que se teje entre analista y analizante está inexorablemente marcado por el sello de la repetición edípica. Sin ninguna razón.
Hoy, el estancamiento acecha al pensamiento analítico si nos contentamos con los comentarios de los textos sagrados. Urge repensar las condiciones necesarias y suficientes para cada tipo de transferencia y levantar el velo de lo no-dicho.

De la endogamia psíquica a la exogamia social
Querría a este respecto señalar algunas cuestiones a propósito de lo que Ferenczi llamó “la hipocresía profesional”.
No es cierto que el analista se mantenga neutral bajo cualquier circunstancia, que lo muestre o no es otra historia. Pretender que el amor y el deseo se juegan únicamente del lado del paciente da cuenta de una hipocresía profesional. Por cierto, el analista no responde a las demandas de amor de manera patente, pero esto no significa que permanezca indiferente. Es, por otra parte, deseable que pueda seguir estando visiblemente vivo sin hacerse el zombi en nombre de una sacrosanta “neutralidad”. Su posición no lo defiende de todo sentimiento ni de los movimientos pulsionales.
Tomar en cuenta aquello que ocurre del lado del analista, algo que en general recibe el nombre de contratransferencia –y que Lacan llama implicación del analista en la transferencia–es, muchas veces la única manera de acceder a la naturaleza de un sufrimiento, o de una extrañeza del paciente, y de sentir, a falta de escuchar, la experiencia precoz e inalcanzable por medio del relato, de la cual el analizante lleva en sí su recuerdo oculto y se lo transmite al otro.
Los afectos y las pulsiones puestas en estado de urgencia en el analista empujan a éste a buscar la vía de las palabras para sí mismo y para su analizante.
Puede ocurrir que a pesar de todas las recomendaciones haya una transgresión de la regla de abstinencia, e incluso un pasaje al acto sexual. La delgada película que separa la escena analítica de las escenas de la vida común se rompe. Colapso de registros perjudicial para el análisis y catástrofe, en ciertos casos, para el analizante, a veces incluso para el analista. Conviene, a pesar de todo, precisar una cosa: el niño que naciera de una unión como ésta se inscribiría en el cruce de dos líneas genealógicas diferentes, algo que no ocurre en el caso de un incesto real. Este ejemplo es extremo, pero es importante ser precisos. No se trata de incesto en este caso, sino de un abuso de poder. Un acto como éste implicaría, entonces, un incesto “imaginario” que puede tener consecuencias tan graves como un incesto real o una violación. El analista no es reductible al sujeto supuesto saber, no ocupa forzosamente el lugar del padre o de la madre, sino que siempre es para su paciente un adulto supuesto. Ahora bien, es el adulto quien es responsable de las transgresiones, puesto que el adulto es soporte de la ley y, a falta de ley, quien debe garantizar siquiera una simple regla contractual. Y en la cura, el respeto de los compromisos tomados en nombre del análisis incumbe al analista. Que éste reaccione ante la demanda de amor de un “niño”, incluso si en realidad se trata de una persona adulta, por un pasaje al acto, es lo que Ferenczi llamaba “confusión de lenguas”. Puede ocurrir entonces que ciertos analistas cedan ante el llamado del amor y del deseo: no son necesariamente todos ellos perversos inveterados ni copuladores sistemáticos, aunque haya de estos últimos en la profesión. Pasa lo que pasa en la vida: el deseo es contagioso y el analista no es siempre el adulto que imaginamos ni, mucho menos todavía, un santo. También puede ocurrir que sea el analista quien se encuentre en posición de seducir sexualmente, consciente o inconscientemente.
En vez de poner el grito en el cielo –algo que no ayuda a nadie y no aporta ninguna solución– sería deseable preguntarse con toda simplicidad si, en el curso de su actividad, cualquier analista no puede llegar a encontrarse expuesto al llamado violento de una demanda de amor, ante la cual no puede recurrir a ninguna defensa, ni a ningún análisis satisfactorio porque esa demanda va a buscar en las más intimas de sus representaciones y en sus deseos más vivos.  Pocos analistas dicen cómo han salido de estos casos. Debo agradecerle a Harold Searles por haber comenzado a dejar de lado la hipocresía profesional y por haber podido decir algo, aun cuando se limitó a hablarnos sobre todo de pacientes hebefrénicos. Que yo sepa, ¡no sólo los hebefrénicos conmueven a sus analistas!
Un silencio sepulcral reina todavía sobre estas prácticas. Pienso que nadie está protegido de un encuentro amoroso en el encuadre de un análisis y no todo el mundo está necesariamente en condiciones de pretender que su deseo de análisis sea más fuerte que su deseo de hacer el amor con el analizante. El problema se vuelve escandaloso cuando da cuenta de una práctica repetitiva de parte del analista y, sobre todo, si éste mantiene su función de analista frente al o a la paciente a pesar de las relaciones sexuales. Esto ocurre con más frecuencia de lo que se cree. Por lo tanto, no se trata de una excepción, de una debilidad momentánea, ni de la mala suerte de no haberse conocido en otras circunstancias. Hay entonces una práctica perversa que consiste en mantener las citas de análisis y en obligar así a los pacientes a guardar el secreto. Es un abuso de confianza, hay un verdadero secuestro, el sujeto es rehén en el goce de un guión perverso, incluso si la analizante da su consentimiento, aun si lo demanda. Porque es ésta la excusa invocada por el analista abusador: “¡ella estaba de acuerdo!” Palabra de analista…
En ciertas transferencias desconocidas, se trate de simbióticas, inversas o acéfalas, los afectos y las excitaciones pulsionales pasan frecuentemente de uno al otro sin que el analista haya reconocido el impulso repetitivo del cual puede convertirse en actor si no analiza a tiempo lo que está ocurriendo. Si no se tiene los medios para identificar la fuente de tales emociones, el pasaje al acto resulta mucho más tentador.
Pero no se trata siempre de estas transferencias… puede tratarse de una atracción de lo más banal. Conocemos todas las delicias de la simbiosis en la pasión. La pasión es excepcional y magnífica, incluso si hace sufrir, pero las transgresiones repetitivas de los analistas no dependen de esas magnificencias. Estamos entonces más cerca de Sade que de Freud, esos analistas ejercen el goce de su poder sobre el cuerpo y la psiquis del otro que está forzosamente en posición de sumisión.
He admitido en análisis a mujeres (lo más frecuente es que sean mujeres, pero esto no es excluyente) que habían tenido relaciones sexuales con sus analistas. De la misma manera, he recibido a analistas que querían comprender por qué no habían sabido cómo refrenar sus deseos sexuales, ni podido detener la cura analítica después del pasaje al acto. Mis observaciones son limitadas, pero las he confrontado con las de otros colegas analistas. Se puede aventurar con mucha prudencia esto: cuando el analista pone término al análisis, a partir del momento en que se da cuenta de que ya no puede sostener el encuadre del análisis, y continúa con los encuentros amorosos afuera, “en la vida”, renunciando a su función de analista, la historia se sacude, sale del análisis. Hay entonces un hombre y una mujer que viven una historia de amor. Si se vive la historia a plena luz del día, cuando el analista asume su acto y abandona su función para ser simplemente un hombre, esto no da lugar necesariamente a una catástrofe. Lo digo: no necesariamente. Sin embargo, es posible todo tipo de consecuencias. Es importante pasar, al menos, de una endogamia imaginaria a una exogamia abierta. La analizante “seducida”, seductora, puede comenzar un análisis en otra parte, incluso si el pasaje se revela difícil. Pueden resultar secuelas de ello, pero al menos se evitarán los moretones debido a la hipocresía profesional y al secreto impuesto.
Otras veces, ocurre que el analista tiene miedo de la opinión, o peor, que su deseo sólo viva en el encuadre donde reina lo prohibido. Puede pasar que sea verdaderamente perverso, o que haya sido sacudido en una transferencia infantil de su analizante y que continúe con los encuentros amorosos (entonces la expresión resulta impropia para designar esta práctica) bajo la apariencia de sesiones de análisis. Puede ocurrir incluso que siga cobrando las sesiones en las cuales hace el amor con su paciente. En ese caso ya no se trata solamente de una debilidad humana, sino del verdadero secuestro de un sujeto y de un despojar de lo más íntimo que el analizante ha depositado en el analista con toda confianza. Así, la analizante mantenida en secreto, guardiana de lo secreto, se ve reducida al silencio y al deshonor, sean cuales fueren las ventajas en especies que se le prodiguen. Al abuso de confianza se le suma la vergüenza de haber amado y no haber recibido a su vez ni el reconocimiento del amor ni el del análisis.
Nunca se repetirá lo suficiente que sólo se supone que el analista es adulto y responsable de sus actos… que no hay nada que pueda probar que lo sea –porque nadie lo es todo el tiempo ni frente a todo el mundo– y que no hay protocolo de habilitación que esté en condiciones de probar las capacidades de resistencia psíquica y libidinal frente a la potencia de las pulsiones.
Estas cuestiones merecen un debate, porque el analista envuelto en un torbellino tal de deseos tiene muchas más oportunidades de salir ileso y de no pasarse del lado del guión perverso si dispone de las herramientas del pensamiento. Y esto más aún cuando la parte de infancia que todo el mundo conserva puede ser un medio precioso para jugar con el otro “niño”. Sin contar con que muchas veces recibimos pacientes que están al borde de la inanición afectiva y que es importante poder dar testimonio de afecto, el amor necesario para vivir, de manera clara. Recibir ese amor necesario puede ser una cuestión de vida o muerte para ellos. El desamparo profundo que algunos padecen no se muestra en todos los casos, sino que se disfraza de seducción erótica y da lugar a una falso-self que lo camufla. Cada vez con mayor frecuencia encuentro ese camuflaje inconsciente en los mismos analistas cuando vienen por un enésimo análisis o una terapia después de años y años de práctica analítica. Un cierto tipo de psicoanálisis junto con su técnica de protección les ha servido durante mucho tiempo de “yo” [moi] prótesis, y su falso-self ha naufragado por completo en los ornamentos del psicoanálisis. No es extraño que entre ellos se encuentren los partidarios más feroces de un análisis aséptico. Porque los preserva del desmoronamiento. Y sin embargo, el desmoronamiento llega… con frecuencia junto con una historia de amor…
Pienso que es urgente que la comunidad de analistas pueda hablar abierta y simplemente de estos problemas. El psicoanálisis es dinamita, maneja dinamita y tenemos una tendencia demasiado marcada a olvidarlo. No sólo jugamos con palabras, sino también con nuestros cuerpos, nuestra libido, nuestras historias, nuestras geografías secretas.
Que Freud haya podido comparar el análisis con la peste, para mí sigue siendo algo de suma vigencia, a pesar de la aparente banalización y mediatización de nuestra práctica.
Habida cuenta de que es raro no encontrar en un análisis la demanda de amor, muchas veces violenta, y arriesgándome a mostrar un optimismo excesivo, me parece que frente a ciertos infiernos, soledades y pasiones que se atraviesan en el análisis, las debilidades de esta naturaleza son más bien la excepción. Pero si hablé del modo en que lo hice es porque no sirve de nada tratarlos como simples accidentes. Son parte de nuestros problemas, y prefiero integrarlos a los avatares múltiples de las promesas imposibles.
Entonces, ¿cómo hacer para evitar la esclerosis dogmática, ofrendando al mismo tiempo esta parte de vida, de pulsión de vida, que un análisis está obligada a ofrecer del mismo modo que brinda el tratamiento de los retornos repetitivos del pasado? ¿Cómo establecer un vínculo sin dominio, sin limitarse a la sola práctica de la desvinculación que puede dejar vacío al sujeto, incluso exangüe, y por esto forzosamente librado a la adoración de un discurso de dominio?

El más allá de la promesa de separación
Muchas veces, la presencia del analista vale más que sus interpretaciones. Y se puede afirmar que a la luz de este lema no todos los analistas son tal para cual. La presencia no se aprende. Sin embargo si uno consigue prestar atención a su importancia, no queda excluida la posibilidad de hacer algún progreso.
En su seminario sobre la transferencia, Lacan decía:
“De lo que se trata en nuestra implicación en la transferencia es del orden de lo que acabo de designar al decir que esto involucra a nuestro ser”. Algo que hoy es contradicho por muchos lacanianos convertidos en clones de una caricatura de Lacan que se olvidan de que él era también un hombre y, como tal, eminentemente débil. Lo cito aquí con el simple propósito de mostrar que cuando uno se refiere sólo a los textos, se puede hacer la elección que se quiera. En otras capillas, otros clones evocan otros orígenes.
¿Qué proponer entonces que no sea técnica ni dogma, que dé lugar a la desarticulación de la reproducción y favorezca lo emergente? La producción de lo diferente tiene muchas más chances de tener lugar si se ha conseguido correr los límites más allá de lo conocido.

Entonces, voy a jugar a encontrar formas para el amor paradojal que no sean meras reproducciones de los desastres conocidos, e imagino esto:

1- Una cultura de lo abierto, que sería el abandono de las certezas y la invención del presente con todas sus implicaciones. Creer en el otro hasta el absurdo y ofrecer hospitalidad sin razón. Es esto lo abierto. Lo que no impide entender la otra escena, ni el síntoma, sino que se trata de intentar abrir una brecha allí donde se pueda. No contentarse solamente con escuchar desde el lugar de analista, sino dejarse tomar, seducir, destruir, dejarse llevar de viaje. Y acabo de evocar los peligros que esto comporta.
Otra paradoja a ser vivida por el analista: supuesto adulto, soportando la responsabilidad del adulto, devenir niño en el descubrimiento, en la levedad, el juego, la invención, el chiflado, la inmanencia. Abrir el campo de aimance, dejar entrar, dejarse subyugar por el genio del analizante y entrar en el circuito del don y contra-don. Luego de frecuentaciones asiduas, desairar a nuestros maestros, y, cada tanto, darles los buenos días, si es posible, riéndose. Saber que un día dejaremos de vernos y dejar entrar los sueños de eternidad. Abandonar, tanto como se pueda, las relaciones de verticalidad, de papá-mamá, o del gran Otro, en beneficio de las relaciones de horizontalidad; saberse y quererse parecido y diferente. Reconocer prioritariamente la singularidad en la interlocución.
Creer en el otro hasta el absurdo, hasta arriesgarnos lo más posible en lo que respecta a la reputación y al estatuto de analista, mucho más allá de lo que acostumbramos predicar, sin ideas de persecución.
Olvidar con fuerza y alegría las asociaciones psicoanalíticas desde que el paciente ingresa al consultorio. Dejar que el encuadre del análisis sea atacado, garantizándolo al mismo tiempo.
Ésta sería una historia de amor no paranoica.

2- Una presencia incondicional: “Estoy aquí para usted, pase lo que pase”, sería el lema no formulado. Por ejemplo, cada vez que le he dicho a un paciente: “Puede llamarme cuando quiera”, no fui molestada indebidamente, jamás se abusó de mi oferta. Preferentemente, nos abalanzamos contra las puertas cerradas. Es importante que el otro sepa que hay alguien debajo del hábito viejo que viste al analista, alguien que se ha comprometido, que está implicado personalmente en el viaje emprendido. No siempre es fácil. Y lo que es todavía más difícil pero fundamental es aceptar vivir la angustia. Sin embargo demasiada angustia impide escuchar, dirán algunos. ¿Pero estaremos hablando de la misma angustia? ¡De qué manera nuestras palabras se han vuelto unívocas y pobres a fuerza de usarlas como simple moneda de cambio! En lugar de eso, ¿no podemos decir que un analista afectado no se queda dormido? ¿Y que cuando busca las razones de la angustia que provienen del otro, puede dar con las razones de una contaminación de afectos mucho más sutiles?
Algunos de los efectos de un análisis se producen esencialmente por encima de las palabras pronunciadas. Entonces, hablamos para establecer el vínculo, baño de lenguaje, pero lo que cuenta es la presencia real. ¡Lacan decía que la libido era un órgano! Es bastante loco decirlo así, pero también muy útil. La libido produce el vínculo material, aunque invisible. Es el entre-dos en estado de encuentro. Sin palabras o a pesar de las palabras. Blanchot decía: “nombrar es sustraer presencia”.
Al darle demasiada importancia a lo que se dice, a los enunciados únicamente, se corre el riesgo de hacer prevalecer el intelecto en detrimento de la atención acordada a la calidad de la presencia y del tiempo de un “estar juntos”. No ser esquivo frente a la violencia de las pulsiones y los deseos y, sin pasar al acto, reconocerlos. Y luego, saber hablar: encontrar las palabras para la emoción, la cólera, el apego, la nostalgia. Hacer frente. Ofrecer el rostro al desnudo.
Ésta sería una historia de amor no obsesiva.

3- La soledad frente a nuestros maestros locos, al dejar que vengan a nosotros los pensamientos absurdos, disonantes, no catalogados. Los pensamientos absurdos son más nuevos que los otros puesto que surgen de lo desconocido, de lo inconsciente. Fuera del sentido común, fuera de las costumbres. Origen desconocido, destinatario desconocido. Soledad garantizada. Todos los pensamientos conocidos ya han sido pensados por algún maestro. Ya lo había dicho Freud: Einfall… pero él no conocía todavía los “pensamientos acéfalos”. Es importante aceptar la soledad absoluta frente al paciente. Y si no lo conseguimos, porque no siempre es posible, entonces, preguntarnos: “¿qué habría hecho Freud en mi lugar?”, o Lacan, o Mélanie Klein, o tal otro. Si lo formulamos así, no nos queda otra que reír… y al recobrar la risa, o la angustia, o ambas al mismo tiempo, recobrar lo abierto y el coraje de encaminarse desde lo conocido hacia lo desconocido. En esos momentos, se está más cerca de los procesos primarios y el sueño de la noche se abre camino hacia los pensamientos del día. Es compartir con el paciente ese intervalo asocial donde el sentido común es eliminado. Irrupción de discontinuidades, ¡esto es conocido! Se llama desvinculación, ciertamente, pero siempre se la espera del lado del paciente a quien dejamos solo frente a la disrupción de su discurso. ¿Acaso no es ésta una posición quasi-médica: “el caso es el otro”? El analista permanece fuera del campo de juego. Yo propongo incluirlo, en tanto ser ofrecido a la desvinculación compartida, toda vergüenza bebida, bodas en devenir.
El analista, siempre supuesto adulto, es también un supuesto normal, mientras que bien sabemos de qué telas remendadas están hechos nuestros más bellos hábitos. En un análisis que funciona, esta ilusión cae. El paciente se da cuenta un día de que, si somos analistas, es precisamente porque no somos verdaderos doctores, de que hemos aprendido a sacar partido de nuestras viejas fisuras.
No jugar al padre normal e hiperadaptado. ¿Adaptado a qué? A una sociedad donde reina la infamia. El absurdo puede salvar de la infamia. Y sin embargo, también hay que buscar un sentido. Es entonces cuando surge la evidencia de que nuestros maestros, son maestros locos. Y si, con todo, los amamos, no los amemos sino en su locura, no por su maestría. Lo que no impide la admiración. Ellos son todos admirables por haber puesto tanta inteligencia al servicio de no hacer implosión a causa de sus infancias y sus épocas. Infancias detestables, épocas detestables. Nuestros maestros locos, sin embargo, tienen todavía qué enseñarnos, y todavía tendrán qué enseñarnos por mucho tiempo más, a condición de que les restituyamos sus infancias ocultas, si nos asomamos a sus singularidades ofrecidas.
Todo el psicoanálisis puede ser leído como una tentativa desesperada de paliar el vacío que ha dejado la caída de los Imperios junto con lo que ella arrastró consigo: el descentramiento del sujeto y el fracaso del yo [moi] como amo de los lugares.
Ésta sería una historia de amor no histérica.

Pero la sociedad está ahí, hay que vivir. Entonces, con toda modestia:

4- Hacerle lugar a la realidad
La vida de todos los días también debe ser pensada. Hoy, hace falta mucha inteligencia para hacerle frente al estado del mundo. Es un trabajo que debe ser incluido en el análisis. Reflexión sobre el tiempo que pasa, y sobre la manera de transformar el material de los sueños en valores psíquicos viables para el día. Encontrar acomodamientos no demasiado envilecedores para no caer en la desesperanza de un mañana, haciéndole lugar a los proyectos que pueden sostenerse en el camino. El analista puede prestar su experiencia y su inteligencia para pensar “con”. Pensar su vida con alguien más es algo que muchos no han tenido. Y de esto no se desprende una simple ortopedia, sino que consiste en producir un borde de realidad. Para muchos, la realidad material ha sido hasta tal punto traumática, o lo es aún, que a veces lo esencial de su cura analítica pasa por el reconocimiento de las heridas y la búsqueda de una salida concreta. Nada de todo esto impide escuchar también la realidad psíquica. Tomar en cuenta la realidad del mundo, incluso si ésta no ha afectado de la misma manera al analista y al analizante, es tender un puente para ambos entre lo privado y lo público, entre lo singular de los sujetos en presencia y lo colectivo que los ha engendrado, los contiene, y los golpea día a día, hiriendo a uno, tratando con un poco más de indulgencia al otro.
Ésta sería una historia de amor no fóbica.

¡Pero me dirán que todo esto es terriblemente difícil! Lo que yo propongo aquí es una verdadera hazaña de atleta intrépido e infatigable ante la seducción de Eros y los maleficios de Tánatos. Y ya los escucho plantear su pregunta para saber si yo consigo tener juntos tantos hilos, tantas paradojas, hilar sin equivocarme tantos amores no codificados. ¡Por supuesto que no! En todo caso, no todo el tiempo y no con todo el mundo, pero lo intento.
También me dirán que todo esto comporta peligros… Y el encuadre del análisis, ¿no lo maltrato demasiado con todas estas aperturas? ¿El encuadre que justamente preserva al analizante de nuestras locuras? ¿Pero saben ustedes que encontré las peores canalladas en quienes defienden el encuadre del modo más estricto? Sí, todo esto comporta peligros, ni más ni menos peligros que los que comporta la momificación de una observancia estricta. ¿Quién es el imbécil que puede sostener que el psicoanálisis no implica peligros?
Nuestras sociedades se asfixian por la falta de utopías, y el psicoanálisis les viene pisando los talones. Sin una utopía en mente el deseo se marchita. Cuando no emana de una instancia superior, una utopía no es un superyó abusivo, ni un terror ineludible. No censura, sino que es motor, una poesía, una invitación a un viaje, respiración, el llamado del nómada al niño secuestrado. Sin ilusiones de brillar, el psicoanálisis cien años después de su descubrimiento, no podrá ser transmitido ni sobrevivirá más que bajo el auspicio de una repetición mortal, o convirtiéndose en una fábrica de clones a partir de los mejores maestros, los más locos, los más inventivos, que habrán vendido su genio como saldo de segunda mano a una descendencia de tecnócratas.
Al decir de algunos, estaríamos en medio del desierto… y a nuestras espaldas, las ilusiones perdidas. Según estos mismos, no tenemos por delante más que el vacío, la crisis, la desilusión, el fin de la Historia…
No lloremos, delante de nosotros, ese “nosotros” irrisorio, peligroso cuando se fija, pero también fluido y sutil cuando nos aceptamos “Idiotas”… entonces, delante de nosotros brillan los espejismos de lo real reinventados por el amor de las paradojas.

San Pablo, octubre de 1997.